lunes, 22 de agosto de 2011

Un presentimiento


Transcurridas dos semanas desde el inicio de mi investigación, y después de vigilar con cuidado los movimientos del señor Lucas, tuve el presentimiento de que no había robado el cofre. Pero estaba convencida de que sabía la causa de su desaparición y también dónde se encontraba. Saqué estas conclusiones tras examinar la información que había recopilado en mi agenda tipo moleskine recién estrenada. Durante mis investigaciones solía utilizar el programa del móvil para guardar datos. Resultaba más fácil pasarlos después al ordenador de La Agencia. Pero, en esta ocasión, había preferido tomar notas en mi moleskine.

El señor Lucas era metódico. Cada jueves, al terminar la jornada, subía a su viejo coche todoterreno, un voluminoso y ruidoso modelo con muchos años de rodaje, y ponía rumbo a la casa que había heredado en el campo. Regresaba el sábado hacia las once de la noche para, al día siguiente, comenzar temprano su tarea.

Mas, un domingo por la mañana, el señor Lucas rompió su rutina. Desde mi puesto habitual de vigilancia lo vi salir de su taller. Iba vestido con traje y corbata, y llevaba un vistoso maletín que parecía de piel. Cerró la puerta, asegurándose de que los macizos postigos de madera cubrían la parte acristalada de las dos hojas y echó a andar calle arriba. Lo seguí a prudente distancia.

Tras caminar a buen paso durante casi media hora, y bordear una plazoleta, llegó a un concurrido centro comercial. Fue directamente a la zona de los anticuarios, entró en una tienda que tenía en el dintel de la puerta un letrero de metal esmaltado con la inscripción “Almoneda. Compraventa de antigüedades”, y permaneció un buen rato en el interior. Después salió —no portaba el maletín, luego debió de dejarlo en la tienda— acompañado de un señor con aire elegante y aspecto distinguido. Luego supe que era el dueño de la almoneda y uno de los mejores clientes del señor Lucas, además de un viejo amigo. Se dirigieron hacia las escaleras mecánicas y subieron al restaurante de lujo de la última planta. A través de la amplia cristalera vi cómo, casi al momento de sentarse, el metre les daba la carta con la lista de platos y bebidas.

Los dos comensales charlaban y gesticulaban sin aspavientos, y actuaban con la camaradería propia de los amigos. Todo indicaba que iban a estar muy a gusto ocupándose de su comida por algún tiempo, de manera que decidí hacer algunas averiguaciones. Pensaba, mientras bajaba a la zona de los anticuarios, que debía revisar algunas de mis primeras apreciaciones sobre este caso.

(To be continued)

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