Las primeras indagaciones me llevaron hasta un barrio típico, y muy poblado, de la ciudad. En una de sus estrechas calles se encontraba el taller de restauración de muebles. Un pequeño local, sin rótulo alguno, en el bajo de una casa de tres plantas. La puerta de entrada, pegada a la minúscula acera, tenía dos hojas abatibles, travesaños de madera, entrepaños acristalados en la mitad superior y postigos protectores desmontables. Aunque viejo, el edificio parecía bien conservado con su fachada remodelada y pintada recientemente.
Mi plan de acción era sencillo. Había estudiado, y leído a conciencia, los documentos de la carpeta que me entregó mi jefe en su despacho. Además de otros datos de interés, en el apartado de señas personales figuraban las facciones del rostro, las características físicas y el nombre del restaurador del mueble antiguo. Para preservar su verdadera identidad le asignaré un seudónimo. Lo llamaré Lucas, señor Lucas.
Desde este momento debía vigilar al señor Lucas. Observar su porte y su aspecto. Conocer sus gustos, costumbres y aficiones... Con ello estaba siguiendo las técnicas y enseñanzas aprendidas en la ESI —así llamábamos a la Escuela Superior de Investigaciones— en mis tiempos de estudiante. La fisonomía de las personas, sus opiniones, emociones, acciones… “podían hablar”, y existía la posibilidad de conocer a un individuo “desde fuera”, nos explicaba en sus clases el profesor de Psicología Social y Cognitiva.
Entré en el café que había un poco más adelante, calle arriba. Las altas y escasas banquetas arrimadas a la pequeña barra semicircular estaban ocupadas. Pedí el desayuno especial de la casa, chocolate con churros. Justo lo que más me gustaba.
Me senté junto a la ventana, en un taburete bajo y medio desvencijado. El camarero vino enseguida con el desayuno y lo colocó sobre la mesa de madera. Este es el sitio ideal para ver y controlar lo que ocurre enfrente, pensé.
(To be continued)
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