Apenas habían pasado unos minutos cuando salió del taller de restauración un hombre de mediana edad. Cruzó deprisa la estrecha calle y vino hacia aquí. Al traspasar la puerta del café se recogió el largo mandil que llevaba colgado del cuello y atado a la cintura. Saludó, dicharachero y alegre. Se acomodó en el extremo de la barra, junto a la pared, y asintió cuando el camarero le preguntó si le ponía lo de siempre.
El alto volumen de la televisión, y los clientes que hablaban a voces y al mismo tiempo, no impidió que se escuchara el sonido de las diez campanadas del reloj de carillón de la cercana iglesia, famosa por su torre mudéjar de ladrillo rojo.
Esa misma mañana obtuve información de primera mano, por decirlo así. Supe que el restaurador, el señor Lucas, desayunaba todos los días de diez a diez y veinte en el mismo bar. Que trabajaba solo en su taller, pues ni quería ni necesitaba ayudantes, ni estaba interesado en enseñar su oficio a nadie. Que el viernes y el sábado –pues había decidido que su jornada laboral comenzara el domingo y terminara el jueves— los pasaba en una casa de campo no muy alejada de la ciudad, la cual, además del taller con la trastienda que le servía de vivienda y un coche todoterreno, había heredado de sus progenitores. Sin embargo, de lo que estaba orgulloso era de haber aprendido –“mamado”, decía él— casi desde niño el oficio de restaurador del mueble antiguo agarrado del mandil de su padre.
Al igual que sus vecinos del barrio, y que los clientes del café donde desayunaba a diario, el señor Lucas hablaba y opinaba sobre un sinfín de cuestiones. Sí, era sociable, abierto y comunicativo. Incluso ocurrente y chistoso a veces. Pero no intimaba con sus ocasionales contertulios del café. Estaba soltero y no se le conocían amistades masculinas ni femeninas. Las pocas visitas que recibía en su taller, donde pasaba cada hora trabajando, eran de los clientes que le llevaban muebles antiguos valiosos para que los restaurase. Decía de sí mismo que era el mayor entendido en antigüedades y que estaba enamorado de su oficio de restaurador de muebles de estilo.
(To be continued)
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