
Hoy estás muy activo, Ham. No paras de roer el pequeño taco de madera que te puse ayer junto al comedero. Así que te contaré más cosas de mi profesión, o de mi trabajo.
De entre los diversos y curiosos casos que he resuelto hasta hoy quizá destaque, por insólito y extraño, el que –con la reserva del anonimato de personas y lugares, como exige la cláusula de confidencialidad de La Agencia— describo a continuación:
Todo comenzó un viernes, a última hora de la tarde. El jefe me llamó a su despacho y me encargó un nuevo caso. Un adinerado e influyente empresario, muy conocido en la ciudad, había acudido a nuestra agencia para que investigáramos con absoluta discreción un asunto que consideraba delicado. Se trataba del robo de un valioso cofre de plata cruda dorada, medianas dimensiones, estructura metálica y forma cuadrangular con las caras achaflanadas, labradas, repujadas y guarnecidas de herrajes. Su artística tapa, con cerradura y bisagras cobrizas, estaba adornada con engastes de lapislázuli, incrustaciones de cristal de roca y esmaltes. El cofre formaba parte del lote de muebles de plata que había comprado en una acreditada casa internacional de subastas de la cual era cliente preferente.
Tal y como tenía por costumbre, el adinerado empresario se puso en contacto con su restaurador de toda la vida y le confió algunas de las piezas que acababa de adquirir, entre ellas el cofre, para que arreglara cualquier desperfecto que tuvieran. Cinco meses después, acabado su trabajo, el restaurador llevó las piezas, reparadas y bruñidas, a su dueño. Pero faltaba el cofre que, según manifestó, no podía devolver porque había desaparecido. El restaurador le mostró al empresario la copia de la denuncia que había puesto en Comisaría. En ella hacía constar que unos ladrones entraron de noche en su taller y le robaron, echando a faltar varios objetos de valor, propiedad de sus clientes, a la mañana siguiente. El empresario no creyó la versión del restaurador y, aunque no pudo disimular su disgusto por la desaparición del cofre, le pagó los trabajos que había realizado en las otras piezas.
Pasó el tiempo y el cofre seguía sin aparecer. Las pesquisas de la policía resultaron infructuosas y el caso fue cerrado. Entonces, el empresario decidió contratar los servicios de un despacho de detectives privados, y nos eligió a nosotros, a La Agencia. De modo que… “Aquí tienes un dosier con documentos, fotos del cofre, datos e instrucciones para que el lunes empieces a investigar”, concluyó el jefe, al tiempo que me entregaba una carpeta de cartón de color verde con el logotipo malva de La Agencia estampado en el vértice superior derecho. Me deseó suerte y un buen fin de semana y salí de su despacho.
(To be continued)
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