Ahora presentía que el señor Lucas no era un hombre tan solitario como supuse al iniciar la investigación. Empecé a sospechar que compartía algún secreto con su acompañante, el elegante anticuario.
Enseguida llegué a la almoneda. Antes de entrar me detuve un momento frente al diáfano y arqueado ventanal adornado con una franja de tracería.
“Domingos y festivos no cerramos a mediodía”, se podía leer en el cartel colocado sobre una mesa de estilo ovalada que se exhibía en el escaparate junto a un lujoso bargueño con marquetería de ébano.
Al entreabrir la puerta el borde superior rozó ligeramente las campanillas y tubitos metálicos huecos que colgaban del techo. Se escuchó al instante una temblante y musical sonería que llenó el aire de un eco fugaz. El único empleado de la almoneda giró la cabeza y me saludó con un gesto casi imperceptible. En ese momento estaba ocupado atendiendo a una señora interesada en comprar el collar que adornaba el cuello de un busto femenino esculpido en alabastro.
En el interior de la almoneda, cuya superficie tenía forma de L, escaseaba el espacio. Un cliente miraba con detenimiento la herrumbrosa armadura arrimada a la columna exenta del centro. Y en el reducido pasillo que conducía al zócalo de mármol donde se asentaba el armazón del escaparate había dos hombres jóvenes. Contemplaban la lámpara de cristal de Murano que parecía puesta al tuntún encima de un mueble expositor ancho y alargado repleto de abalorios y cachivaches: collares, pulseras, brazaletes, anillos, monedas, relojes de bolsillo, postales, estampas, figuritas de porcelana, muñecas de biscuit, ositos de peluche, juguetes de hojalata, cajitas de música, copas, licoreras…
El recodo de medianas dimensiones estaba atestado de mesas, sillas, sillones, espejos y alfombras que se apiñaban detrás de un cartel con la inscripción “Muebles Chippendale” y formaban una especie de barrera que impedía el paso.
Resultaba difícil observar de cerca los objetos guardados en las artísticas vitrinas, con puertas de cristal y cerraduras doradas, apiladas unas sobre otras y apoyadas en la pared del fondo. Recorrí con la vista los rincones y los objetos. De pronto sentí un sobresalto. Arriba, dentro de una las vitrinas de cristal que casi pegaban en el techo, distinguí un cofre igual, o muy parecido, al de la foto de la carpeta que me había entregado mi jefe. Simulé que recibía una llamada y acerqué el móvil al oído. Me incliné ligeramente y, a la vez que fingía que hablaba con alguien por teléfono, enfoqué a la alta vitrina e hice tres fotos. Luego seguí hablando y moviéndome, y tomé otras tres fotos algo más lejos y desde distintos ángulos. Al visualizarlas en el ordenador de La Agencia, e imprimirlas, se distinguía con claridad el cofre desaparecido y, por fin, hallado. Caso resuelto, me dije.
Elaboré un informe para mi jefe quien, después de revisarlo, comunicó el resultado de la investigación al rico empresario que había contratado nuestros servicios. Dos semanas más tarde el adinerado empresario, y distinguido cliente, se presentó en La Agencia. Estaba contento porque, gracias a nuestras averiguaciones, había recuperado el cofre. Antes de despedirse comentó que el restaurador le había pedido perdón y revelado el motivo que le indujo a “ocultar, no a robar, el cofre”.
(To be continued)
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