
En respuesta a las preguntas de mi jefe, el distinguido cliente relató cuanto le había confesado el restaurador. Me explicó, nos dijo, que decidió ocultar el cofre porque, al examinar los ensambles exteriores de sus caras, clavó involuntariamente la punta del buril en una pequeña muesca del canto de la base. La fina moldura horizontal cedió de golpe dejando al descubierto una ranura por donde asomaba el borde de un objeto plano y brillante. Fue tirando a pulso y despacio hasta liberarlo del receptáculo, una especie de doble fondo, donde estaba encajado. Entonces vio que se trataba de una bandeja de plata lisa, sin labra ni adornos. Sobre su superficie, algo cóncava, había una hoja de pergamino plegada con sumo cuidado. Al desdoblarla comprobó que estaba escrita por ambas caras con tinta negra y esmerada caligrafía. Leyó el pergamino de corrido la primera vez y quedó sorprendido. Lo releyó con detenimiento y la sorpresa inicial se transformó en temor y miedo. Volvió deprisa la bandeja con el pergamino a su sitio, fijó la moldura metálica y cubrió la muesca con resina natural. Comprobó, también, que la tapa superior no podía abrirse y, tras sacar la llave de la cerradura, llevó el cofre a su amigo –el cual es ajeno a todo este asunto— para que lo colocara en la vitrina más alta e inaccesible de su almoneda. Donde se pudiera ver, pero no tocar.
Nada más concluir su relato, el rico empresario abrió su maletín y sacó un pergamino desplegado y extendido, y de tamaño algo mayor que la hoja de un cuaderno. Era el pergamino guardado en la bandeja de plata oculta en el doble fondo del cofre. El distinguido visitante entregó el pergamino a mi jefe quien, tras examinarlo sin demasiado detenimiento, lo puso en mis manos indicándome que lo leyera en voz alta. Con viva curiosidad inicié al momento la lectura del pergamino:
“Una antigua leyenda cuenta que Pandora fue la primera, y la más bella, mujer del mundo. Y que el mítico dios Zeus, irritado porque Prometeo había robado el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, la envió a la Tierra con un presente que, en apariencia, era una sencilla caja, un pequeño cofre realizado con una aleación de metales nobles y piedras preciosas machacadas, cuya fórmula secreta había sido fraguada en los años esplendorosos de la venturosa y dichosa Edad de Oro —ni siquiera los alquimistas medievales, mucho tiempo después, aplicando sus depuradas técnicas, fueron capaces de averiguar con qué clase de materiales había sido fabricada esa caja en forma de extraño cofre— por una hermandad secreta de herreros, orfebres, cinceladores, lapidarios y diamantistas de la época quienes, mediante un juramento hermético de enigmática fórmula, decidieron consagrar voluntariamente su vida y su arte a la causa esotérica, al saber oculto y prohibido.
La caja no era tan simple como a primera vista pudiera parecer, ya que, en su interior, encerraba todos los males y, si alguien la abría, el mundo recién estrenado por los hombres, y que entonces era un lugar paradisiaco donde no había atisbo alguno de sufrimiento, engaño ni envidia, se vería inundado y atestado de daño, tristeza, angustia, desolación, odio, desamor, miseria, sinsabores, fatigas, intrigas, guerras, miedo, injusticia, crueldad, egoísmo e ingratitud.
Pero ocurrió que, para satisfacer su malsana curiosidad, un hermano de Prometeo recibió a Pandora y, deslumbrado por la belleza de la mujer, abrió la caja y, al instante y como por ensalmo, la Tierra se cubrió de tinieblas y, a través de ellas, más raudo que el centelleante relámpago, que la sinuosa culebrina arrojada desde la boca de fuego de las tormentosas nubes, viajó el atronador Mal que estaba oculto en la Caja de Pandora y, violento e impetuoso, llegó hasta los confines del mundo. A partir de tan pavoroso hecho, vayan a donde vayan, los hombres y mujeres siempre se topan con algún vestigio que muestra la presencia del Mal.
No obstante, y por fortuna para los humanos, mortales habitantes de la Tierra, la misteriosa y ancestral leyenda finaliza relatando que el hermano de Prometeo y la misma Pandora, aterrados por las negras sombras que emanaban de la caja y tornaban con inusitada rapidez la claridad en oscuridad, lograron cerrarla impidiendo, así, que saliera de ella la Esperanza. Desde entonces, la Esperanza permanece encerrada dentro de la Caja de Pandora; y tal ha de ser por siempre, pues se cree que, merced a tan singular y extraordinario suceso, acaso esté asegurado el futuro de los sueños, de la imaginación, de la fantasía y de los proyectos de los hombres y mujeres que pueblan esta dulce Tierra”.
Y así terminó el caso del cofre desaparecido, que no robado. Ya ves, Ham, pequeño hámster dorado, un final feliz. Otro día te contaré más cosas de mi trabajo.









