miércoles, 24 de agosto de 2011

Una hermosa mujer enviada a la Tierra




En respuesta a las preguntas de mi jefe, el distinguido cliente relató cuanto le había confesado el restaurador. Me explicó, nos dijo, que decidió ocultar el cofre porque, al examinar los ensambles exteriores de sus caras, clavó involuntariamente la punta del buril en una pequeña muesca del canto de la base. La fina moldura horizontal cedió de golpe dejando al descubierto una ranura por donde asomaba el borde de un objeto plano y brillante. Fue tirando a pulso y despacio hasta liberarlo del receptáculo, una especie de doble fondo, donde estaba encajado. Entonces vio que se trataba de una bandeja de plata lisa, sin labra ni adornos. Sobre su superficie, algo cóncava, había una hoja de pergamino plegada con sumo cuidado. Al desdoblarla comprobó que estaba escrita por ambas caras con tinta negra y esmerada caligrafía. Leyó el pergamino de corrido la primera vez y quedó sorprendido. Lo releyó con detenimiento y la sorpresa inicial se transformó en temor y miedo. Volvió deprisa la bandeja con el pergamino a su sitio, fijó la moldura metálica y cubrió la muesca con resina natural. Comprobó, también, que la tapa superior no podía abrirse y, tras sacar la llave de la cerradura, llevó el cofre a su amigo –el cual es ajeno a todo este asunto— para que lo colocara en la vitrina más alta e inaccesible de su almoneda. Donde se pudiera ver, pero no tocar.

Nada más concluir su relato, el rico empresario abrió su maletín y sacó un pergamino desplegado y extendido, y de tamaño algo mayor que la hoja de un cuaderno. Era el pergamino guardado en la bandeja de plata oculta en el doble fondo del cofre. El distinguido visitante entregó el pergamino a mi jefe quien, tras examinarlo sin demasiado detenimiento, lo puso en mis manos indicándome que lo leyera en voz alta. Con viva curiosidad inicié al momento la lectura del pergamino:

“Una antigua leyenda cuenta que Pandora fue la primera, y la más bella, mujer del mundo. Y que el mítico dios Zeus, irritado porque Prometeo había robado el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, la envió a la Tierra con un presente que, en apariencia, era una sencilla caja, un pequeño cofre realizado con una aleación de metales nobles y piedras preciosas machacadas, cuya fórmula secreta había sido fraguada en los años esplendorosos de la venturosa y dichosa Edad de Oro —ni siquiera los alquimistas medievales, mucho tiempo después, aplicando sus depuradas técnicas, fueron capaces de averiguar con qué clase de materiales había sido fabricada esa caja en forma de extraño cofre— por una hermandad secreta de herreros, orfebres, cinceladores, lapidarios y diamantistas de la época quienes, mediante un juramento hermético de enigmática fórmula, decidieron consagrar voluntariamente su vida y su arte a la causa esotérica, al saber oculto y prohibido.

La caja no era tan simple como a primera vista pudiera parecer, ya que, en su interior, encerraba todos los males y, si alguien la abría, el mundo recién estrenado por los hombres, y que entonces era un lugar paradisiaco donde no había atisbo alguno de sufrimiento, engaño ni envidia, se vería inundado y atestado de daño, tristeza, angustia, desolación, odio, desamor, miseria, sinsabores, fatigas, intrigas, guerras, miedo, injusticia, crueldad, egoísmo e ingratitud.

Pero ocurrió que, para satisfacer su malsana curiosidad, un hermano de Prometeo recibió a Pandora y, deslumbrado por la belleza de la mujer, abrió la caja y, al instante y como por ensalmo, la Tierra se cubrió de tinieblas y, a través de ellas, más raudo que el centelleante relámpago, que la sinuosa culebrina arrojada desde la boca de fuego de las tormentosas nubes, viajó el atronador Mal que estaba oculto en la Caja de Pandora y, violento e impetuoso, llegó hasta los confines del mundo. A partir de tan pavoroso hecho, vayan a donde vayan, los hombres y mujeres siempre se topan con algún vestigio que muestra la presencia del Mal.

No obstante, y por fortuna para los humanos, mortales habitantes de la Tierra, la misteriosa y ancestral leyenda finaliza relatando que el hermano de Prometeo y la misma Pandora, aterrados por las negras sombras que emanaban de la caja y tornaban con inusitada rapidez la claridad en oscuridad, lograron cerrarla impidiendo, así, que saliera de ella la Esperanza. Desde entonces, la Esperanza permanece encerrada dentro de la Caja de Pandora; y tal ha de ser por siempre, pues se cree que, merced a tan singular y extraordinario suceso, acaso esté asegurado el futuro de los sueños, de la imaginación, de la fantasía y de los proyectos de los hombres y mujeres que pueblan esta dulce Tierra”.


Y así terminó el caso del cofre desaparecido, que no robado. Ya ves, Ham, pequeño hámster dorado, un final feliz. Otro día te contaré más cosas de mi trabajo.

martes, 23 de agosto de 2011

Asunto resuelto



Ahora presentía que el señor Lucas no era un hombre tan solitario como supuse al iniciar la investigación. Empecé a sospechar que compartía algún secreto con su acompañante, el elegante anticuario.

Enseguida llegué a la almoneda. Antes de entrar me detuve un momento frente al diáfano y arqueado ventanal adornado con una franja de tracería.

“Domingos y festivos no cerramos a mediodía”, se podía leer en el cartel colocado sobre una mesa de estilo ovalada que se exhibía en el escaparate junto a un lujoso bargueño con marquetería de ébano.

Al entreabrir la puerta el borde superior rozó ligeramente las campanillas y tubitos metálicos huecos que colgaban del techo. Se escuchó al instante una temblante y musical sonería que llenó el aire de un eco fugaz. El único empleado de la almoneda giró la cabeza y me saludó con un gesto casi imperceptible. En ese momento estaba ocupado atendiendo a una señora interesada en comprar el collar que adornaba el cuello de un busto femenino esculpido en alabastro.

En el interior de la almoneda, cuya superficie tenía forma de L, escaseaba el espacio. Un cliente miraba con detenimiento la herrumbrosa armadura arrimada a la columna exenta del centro. Y en el reducido pasillo que conducía al zócalo de mármol donde se asentaba el armazón del escaparate había dos hombres jóvenes. Contemplaban la lámpara de cristal de Murano que parecía puesta al tuntún encima de un mueble expositor ancho y alargado repleto de abalorios y cachivaches: collares, pulseras, brazaletes, anillos, monedas, relojes de bolsillo, postales, estampas, figuritas de porcelana, muñecas de biscuit, ositos de peluche, juguetes de hojalata, cajitas de música, copas, licoreras…

El recodo de medianas dimensiones estaba atestado de mesas, sillas, sillones, espejos y alfombras que se apiñaban detrás de un cartel con la inscripción “Muebles Chippendale” y formaban una especie de barrera que impedía el paso.

Resultaba difícil observar de cerca los objetos guardados en las artísticas vitrinas, con puertas de cristal y cerraduras doradas, apiladas unas sobre otras y apoyadas en la pared del fondo. Recorrí con la vista los rincones y los objetos. De pronto sentí un sobresalto. Arriba, dentro de una las vitrinas de cristal que casi pegaban en el techo, distinguí un cofre igual, o muy parecido, al de la foto de la carpeta que me había entregado mi jefe. Simulé que recibía una llamada y acerqué el móvil al oído. Me incliné ligeramente y, a la vez que fingía que hablaba con alguien por teléfono, enfoqué a la alta vitrina e hice tres fotos. Luego seguí hablando y moviéndome, y tomé otras tres fotos algo más lejos y desde distintos ángulos. Al visualizarlas en el ordenador de La Agencia, e imprimirlas, se distinguía con claridad el cofre desaparecido y, por fin, hallado. Caso resuelto, me dije.

Elaboré un informe para mi jefe quien, después de revisarlo, comunicó el resultado de la investigación al rico empresario que había contratado nuestros servicios. Dos semanas más tarde el adinerado empresario, y distinguido cliente, se presentó en La Agencia. Estaba contento porque, gracias a nuestras averiguaciones, había recuperado el cofre. Antes de despedirse comentó que el restaurador le había pedido perdón y revelado el motivo que le indujo a “ocultar, no a robar, el cofre”.

(To be continued)

lunes, 22 de agosto de 2011

Un presentimiento


Transcurridas dos semanas desde el inicio de mi investigación, y después de vigilar con cuidado los movimientos del señor Lucas, tuve el presentimiento de que no había robado el cofre. Pero estaba convencida de que sabía la causa de su desaparición y también dónde se encontraba. Saqué estas conclusiones tras examinar la información que había recopilado en mi agenda tipo moleskine recién estrenada. Durante mis investigaciones solía utilizar el programa del móvil para guardar datos. Resultaba más fácil pasarlos después al ordenador de La Agencia. Pero, en esta ocasión, había preferido tomar notas en mi moleskine.

El señor Lucas era metódico. Cada jueves, al terminar la jornada, subía a su viejo coche todoterreno, un voluminoso y ruidoso modelo con muchos años de rodaje, y ponía rumbo a la casa que había heredado en el campo. Regresaba el sábado hacia las once de la noche para, al día siguiente, comenzar temprano su tarea.

Mas, un domingo por la mañana, el señor Lucas rompió su rutina. Desde mi puesto habitual de vigilancia lo vi salir de su taller. Iba vestido con traje y corbata, y llevaba un vistoso maletín que parecía de piel. Cerró la puerta, asegurándose de que los macizos postigos de madera cubrían la parte acristalada de las dos hojas y echó a andar calle arriba. Lo seguí a prudente distancia.

Tras caminar a buen paso durante casi media hora, y bordear una plazoleta, llegó a un concurrido centro comercial. Fue directamente a la zona de los anticuarios, entró en una tienda que tenía en el dintel de la puerta un letrero de metal esmaltado con la inscripción “Almoneda. Compraventa de antigüedades”, y permaneció un buen rato en el interior. Después salió —no portaba el maletín, luego debió de dejarlo en la tienda— acompañado de un señor con aire elegante y aspecto distinguido. Luego supe que era el dueño de la almoneda y uno de los mejores clientes del señor Lucas, además de un viejo amigo. Se dirigieron hacia las escaleras mecánicas y subieron al restaurante de lujo de la última planta. A través de la amplia cristalera vi cómo, casi al momento de sentarse, el metre les daba la carta con la lista de platos y bebidas.

Los dos comensales charlaban y gesticulaban sin aspavientos, y actuaban con la camaradería propia de los amigos. Todo indicaba que iban a estar muy a gusto ocupándose de su comida por algún tiempo, de manera que decidí hacer algunas averiguaciones. Pensaba, mientras bajaba a la zona de los anticuarios, que debía revisar algunas de mis primeras apreciaciones sobre este caso.

(To be continued)

domingo, 21 de agosto de 2011

Entendido en antigüedades


Apenas habían pasado unos minutos cuando salió del taller de restauración un hombre de mediana edad. Cruzó deprisa la estrecha calle y vino hacia aquí. Al traspasar la puerta del café se recogió el largo mandil que llevaba colgado del cuello y atado a la cintura. Saludó, dicharachero y alegre. Se acomodó en el extremo de la barra, junto a la pared, y asintió cuando el camarero le preguntó si le ponía lo de siempre.

El alto volumen de la televisión, y los clientes que hablaban a voces y al mismo tiempo, no impidió que se escuchara el sonido de las diez campanadas del reloj de carillón de la cercana iglesia, famosa por su torre mudéjar de ladrillo rojo.

Esa misma mañana obtuve información de primera mano, por decirlo así. Supe que el restaurador, el señor Lucas, desayunaba todos los días de diez a diez y veinte en el mismo bar. Que trabajaba solo en su taller, pues ni quería ni necesitaba ayudantes, ni estaba interesado en enseñar su oficio a nadie. Que el viernes y el sábado –pues había decidido que su jornada laboral comenzara el domingo y terminara el jueves— los pasaba en una casa de campo no muy alejada de la ciudad, la cual, además del taller con la trastienda que le servía de vivienda y un coche todoterreno, había heredado de sus progenitores. Sin embargo, de lo que estaba orgulloso era de haber aprendido –“mamado”, decía él— casi desde niño el oficio de restaurador del mueble antiguo agarrado del mandil de su padre.

Al igual que sus vecinos del barrio, y que los clientes del café donde desayunaba a diario, el señor Lucas hablaba y opinaba sobre un sinfín de cuestiones. Sí, era sociable, abierto y comunicativo. Incluso ocurrente y chistoso a veces. Pero no intimaba con sus ocasionales contertulios del café. Estaba soltero y no se le conocían amistades masculinas ni femeninas. Las pocas visitas que recibía en su taller, donde pasaba cada hora trabajando, eran de los clientes que le llevaban muebles antiguos valiosos para que los restaurase. Decía de sí mismo que era el mayor entendido en antigüedades y que estaba enamorado de su oficio de restaurador de muebles de estilo.

(To be continued)

sábado, 20 de agosto de 2011

Plan de acción


Las primeras indagaciones me llevaron hasta un barrio típico, y muy poblado, de la ciudad. En una de sus estrechas calles se encontraba el taller de restauración de muebles. Un pequeño local, sin rótulo alguno, en el bajo de una casa de tres plantas. La puerta de entrada, pegada a la minúscula acera, tenía dos hojas abatibles, travesaños de madera, entrepaños acristalados en la mitad superior y postigos protectores desmontables. Aunque viejo, el edificio parecía bien conservado con su fachada remodelada y pintada recientemente.

Mi plan de acción era sencillo. Había estudiado, y leído a conciencia, los documentos de la carpeta que me entregó mi jefe en su despacho. Además de otros datos de interés, en el apartado de señas personales figuraban las facciones del rostro, las características físicas y el nombre del restaurador del mueble antiguo. Para preservar su verdadera identidad le asignaré un seudónimo. Lo llamaré Lucas, señor Lucas.

Desde este momento debía vigilar al señor Lucas. Observar su porte y su aspecto. Conocer sus gustos, costumbres y aficiones... Con ello estaba siguiendo las técnicas y enseñanzas aprendidas en la ESI —así llamábamos a la Escuela Superior de Investigaciones— en mis tiempos de estudiante. La fisonomía de las personas, sus opiniones, emociones, acciones… “podían hablar”, y existía la posibilidad de conocer a un individuo “desde fuera”, nos explicaba en sus clases el profesor de Psicología Social y Cognitiva.

Entré en el café que había un poco más adelante, calle arriba. Las altas y escasas banquetas arrimadas a la pequeña barra semicircular estaban ocupadas. Pedí el desayuno especial de la casa, chocolate con churros. Justo lo que más me gustaba.

Me senté junto a la ventana, en un taburete bajo y medio desvencijado. El camarero vino enseguida con el desayuno y lo colocó sobre la mesa de madera. Este es el sitio ideal para ver y controlar lo que ocurre enfrente, pensé.

(To be continued)

jueves, 18 de agosto de 2011

El encargo


Hoy estás muy activo, Ham. No paras de roer el pequeño taco de madera que te puse ayer junto al comedero. Así que te contaré más cosas de mi profesión, o de mi trabajo.

De entre los diversos y curiosos casos que he resuelto hasta hoy quizá destaque, por insólito y extraño, el que –con la reserva del anonimato de personas y lugares, como exige la cláusula de confidencialidad de La Agencia— describo a continuación:

Todo comenzó un viernes, a última hora de la tarde. El jefe me llamó a su despacho y me encargó un nuevo caso. Un adinerado e influyente empresario, muy conocido en la ciudad, había acudido a nuestra agencia para que investigáramos con absoluta discreción un asunto que consideraba delicado. Se trataba del robo de un valioso cofre de plata cruda dorada, medianas dimensiones, estructura metálica y forma cuadrangular con las caras achaflanadas, labradas, repujadas y guarnecidas de herrajes. Su artística tapa, con cerradura y bisagras cobrizas, estaba adornada con engastes de lapislázuli, incrustaciones de cristal de roca y esmaltes. El cofre formaba parte del lote de muebles de plata que había comprado en una acreditada casa internacional de subastas de la cual era cliente preferente.

Tal y como tenía por costumbre, el adinerado empresario se puso en contacto con su restaurador de toda la vida y le confió algunas de las piezas que acababa de adquirir, entre ellas el cofre, para que arreglara cualquier desperfecto que tuvieran. Cinco meses después, acabado su trabajo, el restaurador llevó las piezas, reparadas y bruñidas, a su dueño. Pero faltaba el cofre que, según manifestó, no podía devolver porque había desaparecido. El restaurador le mostró al empresario la copia de la denuncia que había puesto en Comisaría. En ella hacía constar que unos ladrones entraron de noche en su taller y le robaron, echando a faltar varios objetos de valor, propiedad de sus clientes, a la mañana siguiente. El empresario no creyó la versión del restaurador y, aunque no pudo disimular su disgusto por la desaparición del cofre, le pagó los trabajos que había realizado en las otras piezas.

Pasó el tiempo y el cofre seguía sin aparecer. Las pesquisas de la policía resultaron infructuosas y el caso fue cerrado. Entonces, el empresario decidió contratar los servicios de un despacho de detectives privados, y nos eligió a nosotros, a La Agencia. De modo que… “Aquí tienes un dosier con documentos, fotos del cofre, datos e instrucciones para que el lunes empieces a investigar”, concluyó el jefe, al tiempo que me entregaba una carpeta de cartón de color verde con el logotipo malva de La Agencia estampado en el vértice superior derecho. Me deseó suerte y un buen fin de semana y salí de su despacho.


(To be continued)

domingo, 14 de agosto de 2011

En el centro de la ciudad



Por lo demás, mi vida transcurre sin sobresaltos. Vivo en el centro de la ciudad, en el segundo piso de una casa antigua, rehabilitada, que no tiene ascensor, y no salgo los fines de semana al campo ni voy de vacaciones a la playa. Mis amigos me dicen que soy de asfalto. ¡Ah!, y suelo comer en los restaurantes que tienen el plato del día. No sé cocinar ni me interesa la gastronomía.

Me gusta el cine de intriga y suspense, leer relatos góticos, de terror y fantasía, novelas históricas y libros escritos por filósofos o científicos. Aunque, cuando tengo tiempo y oportunidad, prefiero callejear por la ciudad, curiosear en las tiendas, entretenerme en la zona de tascas y mesones, mirar grabados antiguos en las librerías de viejo, visitar museos y entrar en las galerías de arte que exponen cuadros de pintores noveles o desconocidos. Me atrae de modo especial el ajedrez y, aunque mi nivel de juego es básico, los sábados a mediodía tengo por costumbre jugar una partida, sólo una y sin reloj, en la sala grande del club del barrio.

Soy muy observadora, tal vez por deformación profesional. Me fijo en los detalles y en lo que ocurre a mi alrededor. A veces presto atención a las conversaciones ajenas si tienen interés y, si no, me pongo los cascos para escuchar música, con frecuencia algo de jazz: el piano y el saxo me encantan.

Siempre llevo conmigo, como si además de una valiosa herramienta de trabajo fuera un apéndice de mi persona, el teléfono móvil facilitado por la empresa. Me dicen que es un aparato de última generación porque tiene muchas prestaciones, o funciones. Dos de ellas, la cámara digital y la grabación de voz son, hasta ahora, las que más he usado y aprovechado.

Sólo me queda añadir que para mis continuos y ajetreados desplazamientos, aparte del metro y el autobús, y el taxi cuando es necesario, utilizo la pequeña motocicleta propiedad de La Agencia. Es el medio de transporte que prefiero, por ser rápido y práctico, para moverme por la ciudad.

(To be continued)


viernes, 12 de agosto de 2011

La Agencia


Ha pasado una semana desde que traje al pequeño hámster dorado a casa y aún no le he hablado de mí. Así que hoy, al ver que Ham corretea por la arena, y que ahora se ha detenido para comer y beber agua, voy a presentarme. ¡Ham, escucha!, ahí te va mi perfil.

Mi nombre es Patricia, pero los amigos y los compañeros de trabajo me llaman Patry. Dicen que es más corto y suena mejor para mi profesión de detective.

Soy diplomada en Investigación y Criminología y, desde hace años, trabajo en el despacho de detectives privados más antiguo de la ciudad, y al que todos conocen como La Agencia. Con frecuencia recibo el encargo de investigar y descubrir infidelidades conyugales, y otras veces debo hacer de cazatalentos y buscar profesionales cualificados para una empresa multinacional. También he resuelto algunos casos de espionaje industrial. Y, en cierta ocasión, tuve que rescatar el perrito pequinés de una viuda millonaria que llamó apenada a nuestra agencia para que buscáramos y encontráramos a su querido y desaparecido animalito. Resultó que no se había perdido, sino que uno de los apasionados amantes de la dama, despechado, lo había “raptado” y no quería devolvérselo a su dueña.

(To be continued)