Hace tiempo que me despedí de la agencia de detectives. Firmé el finiquito y todos conformes. Con la indemnización que me dieron, y el añadido de los ahorros que tenía en el banco, compré una casita situada en las afueras de un pequeño pueblo del norte.
Así que ya no trabajo en la ciudad, ni investigo o resuelvo caso alguno. Estoy retirada.
Pero no paro de realizar tareas en todo el día. Unas son rutinarias, mientras que otras tienen mayor importancia y me exigen más dedicación. Por ejemplo, ahora empleo gran parte de mi tiempo en ordenar y clasificar todo el material, textos y fotos, de las carpetas que traje conmigo. Y todo porque mi mejor amiga, que es agente literaria, consiguió para mí un importante contrato de edición. Dentro de seis meses debo entregarle el original de una obra para publicarla, me dice, en los formatos papel y electrónico.
El contrato también especifica que debo escribir al menos una entrada al mes en mi blog.
En este momento estoy viendo cómo corretea Ham, después de haberse comido las hojas de trébol fresco que le traje ayer de un prado cercano. Ahora se detiene, levanta las patitas delanteras y se apoya en mi mano. Entonces, le digo: Eres mi mascota de compañía..., mi hámster dorado... En adelante tendré más tiempo para cuidarte.
Pero, antes de que terminara la última frase, Ham dio un salto y se alejó a toda carrera para ocultarse en su casa de algodón.
¡No te duermas, Ham!
¡No os durmáis, amigos!


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