Yo vivo a gusto aquí. A veces me viene a la mente aquella recomendación llamada elogio de la lentitud que, hace años, estuvo en boga entre los amantes de la autoayuda.
Si observo a Ham, veo que se lo pasa bien. Tiene todo el cuarto donde trabajo para corretear. No se cansa de ir de acá para allá. Siempre corre pegado a la pared. Nunca cruza el cuarto de lado a lado.
Tres días a la semana tengo por costumbre andar unos seis kilómetros a paso ligero. En ocasiones, cuando llega la primavera, dejo los caminos de tierra y corro por los senderos verdes que bordean la zona de los humedales. Entonces me detengo y arranco matas de berros para llevarle a Ham. Una vez en casa, corto los tallos, desecho las raíces, lavo las hojas con abundante agua y espero a que escurran. Luego se las pongo a mi mascota en el cuenco de comida. El pequeño hámster da buena cuenta de las hojas de los berros. No mete nada en el buche, en los abazones. Algo que sí hace cuando le echo en el comedero granos de trigo y pepitas de girasol.
Ayer clavé por dentro, en la madera de la puerta de entrada a la cabaña, un letrero que dice:
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
(Lorca, Poeta en Nueva York, Ciudad sin sueño, Nocturno del Brooklyn Bridge)
(Lorca, Poeta en Nueva York, Ciudad sin sueño, Nocturno del Brooklyn Bridge)


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