lunes, 17 de febrero de 2014

De la ciudad al campo

Ya ves, Ham, mi pequeña mascota, llevamos cerca de un año viviendo en esta casita de pueblo. He cambiado, no sé por cuánto tiempo, la ciudad por el campo. Se puede decir que ya no soy de asfalto.  



Hoy he revisado los textos de la carpeta donde guardo los folios impresos de los tres primeros capítulos del libro que estoy escribiendo, y que tengo que entregar a mi agente dentro de unos meses.También acabo de ordenar el material que almaceno en el disco duro del ordenador. 

 
Veo fotos, algunas hechas con la cámara del móvil, de pancartas de manifestaciones y concentraciones, y de pintadas en las paredes de algunos edificios de la ciudad. Te leo, por ejemplo, esta: No hay bastante fuego para quemarnos a todas. Fdo. Las brujas.


   

martes, 11 de febrero de 2014

El letrero

La casa donde vivo es pequeña; una cabaña. Pero, como tiene las paredes muy gruesas, resulta fresca en verano. Cuando llega el invierno pulso el interruptor del hilo radiante y las acogedoras estancias se caldean enseguida. En el pueblo, a este sistema calefactor de hilo radiante lo llaman gloria. Los vecinos me dicen: Enciende la gloria para no pasar frío en invierno. 



Yo vivo a gusto aquí. A veces me viene a la mente aquella recomendación llamada elogio de la lentitud que, hace años, estuvo en boga entre los amantes de la autoayuda. 

Si observo a Ham, veo que se lo pasa bien. Tiene todo el cuarto donde trabajo para corretear. No se cansa de ir de acá para allá. Siempre corre pegado a la pared. Nunca cruza el cuarto de lado a lado.

Tres días a la semana tengo por costumbre andar unos seis kilómetros a paso ligero. En ocasiones, cuando llega la primavera, dejo los caminos de tierra y corro por los senderos verdes que bordean la zona de los humedales. Entonces me detengo y arranco matas de berros para llevarle a Ham. Una vez en casa, corto los tallos, desecho las raíces, lavo las hojas con abundante agua y espero a que escurran. Luego se las pongo a mi mascota en el cuenco de comida. El pequeño hámster da buena cuenta de las hojas de los berros. No mete nada en el buche, en los abazones. Algo que sí hace cuando le echo en el comedero granos de trigo y pepitas de girasol.


Ayer clavé por dentro, en la madera de la puerta de entrada a la cabaña, un letrero que dice:
        No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
        No duerme nadie. 
        Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.

   (Lorca, Poeta en Nueva York, Ciudad sin sueño, Nocturno del Brooklyn Bridge)









jueves, 6 de febrero de 2014

Lo que va de ayer a hoy

Hace tiempo que me despedí de la agencia de detectives. Firmé el finiquito y todos conformes. Con la indemnización que me dieron, y el añadido de los ahorros que tenía en el banco, compré una casita situada en las afueras de un pequeño pueblo del norte. 



Así que ya no trabajo en la ciudad, ni investigo o resuelvo caso alguno. Estoy retirada. 
Pero no paro de realizar tareas en todo el día. Unas son rutinarias, mientras que otras tienen mayor importancia y me exigen más dedicación. Por ejemplo, ahora empleo gran parte de mi tiempo en ordenar y clasificar todo el material, textos y fotos, de las carpetas que traje conmigo. Y todo porque mi mejor amiga, que es agente literaria, consiguió para mí un importante contrato de edición. Dentro de seis meses debo entregarle el original de una obra para publicarla, me dice, en los formatos papel y electrónico. 
El contrato también especifica que debo escribir  al menos una entrada al mes en mi blog.



En este momento estoy viendo cómo corretea Ham, después de haberse comido las hojas de trébol fresco que le traje ayer de un prado cercano. Ahora se detiene, levanta las patitas delanteras y se apoya en mi mano. Entonces, le digo: Eres mi mascota de compañía..., mi hámster dorado... En adelante tendré más tiempo para cuidarte. 
Pero, antes de que terminara la última frase, Ham dio un salto y se alejó a toda carrera para ocultarse en su casa de algodón. 
¡No te duermas, Ham! 
¡No os durmáis, amigos!