Muy de mañana, antes de que el sol abrasara la arena, me sentaba en la orilla de la playa. Pasaba horas a solas meditando.
Contemplaba el mar, observaba cómo se agitaba por momentos, cómo su color azul claro se tornaba oscuro, negruzco, pero no veía los cadáveres de los ahogados. Demasiados depredadores en busca de alimento.
Yo sentía por dentro las rasgaduras de sus mordiscos. Me rebelaba en vano.
Abandoné aquel lugar. Ahora vivo cerca de un río apacible que discurre por un valle cubierto de verdor. Al atardecer huele a tierra mojada y a heno recién segado.
Desde mi ventana veo las montañas amigas que me protegen del viento huracanado.
Pero la mente, siempre inquieta, avisa: el horror sigue allí, aquellos mares están llenos de cadáveres.

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