Una mañana de otoño se hallaba Diógenes pensativo, más pensativo que de costumbre. Miraba las ramas de un olivo y observaba que, aunque no hacía viento, las hojas temblaban, se movían de manera incesante. Y sí que temblaban, se percató Diógenes, porque, como los olivareros habían vareado el fruto, ellas, las hojas, se habían quedado solas, sin sus amigas las aceitunas. Era un día de sol y de calma pero, para expresar su protesta, las hojas no paraban de agitarse.
Cuanto acaece en el mundo tiene una causa, dijo para sí Diógenes, y puede explicarse, no desde el mito o el miedo, sino mediante el razonamiento lógico.

